En una semana escasa de estrenos relevantes, regresa a la pantalla grande “Destino Final: Lazos de Sangre”, la sexta entrega de la saga que iniciada en el año 2000. La película revive el espíritu de aquellos tiempos en los que programas como “Mil maneras de morir” se convertían en placeres culpables en conversaciones en días previos a la masificación de internet y las redes sociales.
Dirigida por el canadiense Zach Lipovsky y el estadounidense Adam B. Stein, la cinta mantiene la fórmula que caracteriza a la franquicia con un reparto compuesto mayormente por actores poco conocidos – al menos para este lado del mundo- y una visión premonitoria que desata la tragedia. Esta vez, la protagonista tiene un inquietante presagio donde ve morir no solo a desconocidos, sino que también a sus propios familiares.
A nivel técnico, la película mantiene un estándar visual sólido, con una dirección de arte que sabe potenciar la tensión de lo cotidiano. Las muertes están muy bien realizadas transformando objetos comunes como una persiana, un trozo de vidrio, una podadora, entre otros; en detonantes del horror. Es precisamente en la anticipación de la tragedia, más que el impacto visual en sí, donde esta propuesta cinematográfica sigue funcionando como un preciso y perturbador reloj.
“Destino final: lazos de sangre” no requiere que el espectador haya visto las anteriores películas, aunque los fanáticos apreciarán los numerosos guiños y referencias a entregas pasadas. La cinta rinde además un homenaje especial al actor Tony Todd -fallecido en noviembre de 2024- quien encarna a William Bludworth, un enigmático director de una funeraria que muchos interpretan como la personificación de la misma muerte.
Por supuesto, no faltan los dilemas morales que intentan dar cierta profundidad al guion ¿puede engañarse a la muerte? es ahí cuando en uno de los momentos más sombríos de la cinta, el personaje de Bludworth pronuncia la frase que sintetiza el espíritu de estas seis películas “puedes correr, puedes esconderte, pero la muerte siempre cobra lo que es suyo”. Una línea cargada de fatalismo que, con su tono implacable, reafirma lo inevitable de un destino del que nadie logra escapar.
Por Rodrigo Pérez Cheuquenao
Magíster, Periodista y Lic. en Comunicación Social.


