Comentario de salud mental: «Rayar no es rebelarse: el malestar emocional detrás del vandalismo social»

La semana pasada, nuevamente fuimos testigos de una escena ya habitual pero no por eso menos grave: un vagón del Metro fue rayado, se activó el freno de emergencia, los pasajeros debieron bajarse, esperar, subirse a una micro y rearmar su ruta en medio del caos. Y es que detrás de cada acto de vandalismo no solo hay pintura en las paredes: hay una fractura emocional que nos está pasando la cuenta como sociedad.

La cultura del desahogo sin filtro ni propósito se ha ido normalizando. Vivimos en tiempos en que parece legítimo rebelarse, pero la pregunta es ¿contra qué y para qué? La rebeldía sin dirección es solo rabia suelta. Y esa rabia -lo digo desde mi experiencia clínica- muchas veces nace del dolor no procesado, del resentimiento personal acumulado, de frustraciones íntimas que buscan un chivo expiatorio externo. Porque siempre es más fácil culpar al sistema, al gobierno, a la norma… que mirar hacia adentro y reconocer que muchas veces somos parte del problema que criticamos.

Rayar un metro no es revolucionario. Es egoísta. Porque la revolución -la verdadera- tiene como base la justicia, no la destrucción. No hay rebeldía en perjudicar a los mismos con los que compartes la ciudad. Eso no es protesta, es falta de comunidad. No es arte, es desahogo. No es mensaje, es ruina. Y lo más grave: muestra un vacío. Muestra a personas que, incapaces de lidiar con su propio dolor o frustración, lo vuelcan en actos que afectan al otro sin asumir ninguna consecuencia.

Vivimos un profundo malentendido respecto a lo que es rebelarse. La rebeldía que vale es la que propone, la que construye, la que se indigna con sentido, la que se canaliza en acciones que mejoran algo, no que lo destruyen. Y lo mismo ocurre con la revolución: su raíz está en el deseo de justicia, de equidad, no en la necesidad de figurar ni de quebrar lo común solo porque sí.

Chile necesita rebeldes, sí. Pero rebeldes que trabajen, que propongan, que estén dispuestos a ser parte de la solución. Porque si “quieres algo, no estés esperando que te lo den: lo pides, o aún mejor, lo sales a buscar”. No hay felicidad en la espera eterna ni en la queja crónica. La felicidad no es una utopía futura, es un proyecto de presente. Es algo que se diseña hoy, con acciones pequeñas, con responsabilidad, con propósito.

Detrás de muchos rayados, lo que hay no es solo ideología, no es solo protesta: hay dolor. Y muchas veces ese dolor no se quiere asumir. Porque hacerse cargo de uno mismo implica esfuerzo, compromiso, incluso renuncias. Pero también implica crecimiento. Y ahí está la paradoja: somos parte del problema, pero también podemos ser parte de la solución. Todo empieza el día que decidimos dejar de gritarle al mundo y empezamos a escucharnos de verdad.

No necesitamos más muros rayados, necesitamos más mentes conscientes. No necesitamos frenos de emergencia, necesitamos frenos internos que nos inviten a reflexionar antes de actuar. La rabia mal canalizada solo daña. Pero la rabia bien encauzada puede transformar. Y esa, en el fondo, es la verdadera revolución la que busca el desarrollo.

Por Nicolás Cerda Díez
Psicólogo Clínico

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