Columna de salud mental: «Cuando la guerra nos explote en la cara: salud mental en tiempos de conflictos»

Hay algo profundamente enfermo en nuestra especie. Algo que se arrastra, como un virus que ha mutado tantas veces que ya no se reconoce. Algo que ya no se combate con antibióticos, ni con discursos bienintencionados: la desensibilización.

Mientras escribo estas líneas, Gaza arde. Israel se estremece. Irán y Estados Unidos sostienen una guerra fría que ya no es tan fría. Rusia y Ucrania se desangran como hermanos enemistados hasta la muerte. India y Pakistán se miran con recelo, al borde del abismo nuclear. Y nosotros… nosotros lo vemos en HD. Con subtítulos. Desde el celular, mientras comemos sushi y vemos “La Casa del Dragón”.

La guerra, esa palabra con sabor metálico, dejó de helarnos el pecho. Se volvió parte del feed. Entre un meme, una influencer mostrando su rutina de skincare y un perro bailando, aparece un hospital bombardeado. Un niño sin brazo. Una madre gritando. Y lo pasamos. Swipeamos. Porque no podemos con tanto. Porque nos cansa. Porque ya no sabemos si es real o edición.

Hemos anestesiado el alma.
Nos volvimos consumidores de tragedias ajenas.

¿Y si no fueran tan ajenas?
Nos acostumbramos a que mientras no toque mi barrio, mi colegio, mi café favorito, todo sigue normal. Pero no, no está normal. Nada es normal cuando hay miles de muertos en Gaza y nos preocupa más si el iPhone nuevo tiene mejor cámara.

La salud mental mundial está pagando el precio. El de mirar sin ver. El de saber sin hacer. El de vivir en una burbuja emocional donde todo lo que queda fuera de mi círculo íntimo me resulta lejano, prescindible, invisible. La guerra santa no es un mito. Y si Oriente radicalizado impone su verdad por la fuerza, podríamos ver cómo caen los pilares de la libertad, incluso aquí, donde creemos que “eso no va a pasar”. sí puede pasar. Sí está pasando.

¿Dónde están las canciones por la paz?
Los años 80 gritaban “Give peace a chance”, cantaban por la paz, marchaban por la vida. Hoy, los movimientos están atomizados, los jóvenes sobreestimulados y los adultos… resignados. La empatía no se hereda, se cultiva. Y no la estamos cultivando.

La violencia no hace girar al mundo, lo detiene.
Seguimos moviéndonos, sí. Pero como zombis emocionales. Como si la evolución fuera inevitable. Y no lo es. El progreso moral no viene con el iOS 18. Hay que elegirlo. Hay que defenderlo. Hay que empatizar con el otro, aunque esté al otro lado del planeta.

Porque si no nos duele ahora, nos explotará en la cara.
Y entonces será tarde para llorar.
Como ser humano, como padre, como ciudadano de este mundo cada vez más pequeño y  a veces demasiado frío, quiero hacer un llamado:
No te desconectes. No te vuelvas indiferente. No digas “esto no me toca”.

Porque toda guerra empieza cuando alguien decide que el otro no importa.
Y toda paz comienza cuando alguien, como tú, decide lo contrario.

Por Nicolás Cerda Díez,
Psicólogo Clínico

Visitado 77 veces

Nunca te pierdas una noticia importante. Suscríbete a nuestro Newsletter