Dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos. Y, francamente, parece que lo mandaron a la punta del cerro. Vivimos en tiempos donde una montaña de emociones desordenadas nos tiene mareados, acelerados y, en no pocos casos, al borde de estallar. ¿La razón? Simple: estamos con la pila emocional sobrecargada, y cuando eso pasa, no se piensa… se reacciona.
¿Te acuerdas de ese viejo spot publicitario chileno del tipo que en plena oficina empieza a romper todo, a tirarlo todo, mientras un compañero le grita con desesperación: “¡Guatón, tómate un Armonyl!”? Bueno, ese comercial, más allá del chiste, explica bastante bien lo que nos pasa cuando no regulamos la emoción. Lo que se siente, se actúa. Y después, cuando vuelve la razón, ya es tarde: la embarrada está hecha.
Esto tiene nombre: se llama acting out, y lo describió un autor norteamericano, pero nosotros lo vivimos a diario en carne propia: cuando el enojo o la frustración toman el control y uno actúa sin pensar. Como cuando gritaste en la fila del supermercado, cuando le hablaste mal a tu hijo sin querer, o cuando reaccionaste como toro en rodeo en una reunión de pega.
Y luego, claro… aparece la culpa. Esa sensación de haber destruido más de lo que se quería defender. Porque lo más probable es que al «guatón del Armonyl» lo hayan despedido sin indemnización y con un tremendo “no recomendable” para la próxima entrevista.
Nuestros abuelos, con su sabiduría simple pero afilada, nos decían: «El que se enoja, siempre pierde». Y tenían razón. Cuando actuamos desde la emoción cruda, sin dejar espacio a la razón, tomamos malas decisiones, rompemos relaciones y nos herimos a nosotros mismos. Porque en esos momentos no gobierna la cabeza ni el corazón… gobierna la rabia.
¿Qué hacemos entonces? ¿Nos volvemos fríos como piedra? No!! Pero sí más lúcidos.
El desafío es aprender a leer el techo emocional, ese momento en que ya no estás para decidir nada importante. Porque no se conversa cuando uno está a punto de explotar. No se escribe el WhatsApp “con sangre”. No se renuncia, no se grita, no se toma la decisión más importante de tu vida cuando estás al borde del precipicio.
La clave está en entender cómo funcionamos: Emoción → Razón → Conducta.
Así de simple. La emoción es la energía que te empuja, la razón el volante que te guía, y la conducta la huella que dejas. Si la emoción se come a la razón, lo que sale es puro desborde.
Entonces, ¿cómo evitamos el descontrol emocional? Aquí van algunos tips bien aterrizados:
- Date cuenta cuando tu pila emocional esta sobre cargada. Si sientes que vas a reventar, no decidas nada. Haz una pausa.
- Saca la emoción, pero sin romper. Anda a caminar, escribe, prende la radio, desahógate con alguien de confianza. Pero no rompas lo que después vas a tener que reponer.
- El silencio también es respuesta. A veces es mejor no contestar en el momento. Deja que baje el agua.
- Evita tomar decisiones con el corazón a tope y el cerebro apagado. Respira, evalúa y luego decide.
- Y si te equivocaste, repara. Pero aprende. El error enseña, si uno lo mira con honestidad.
Cuando aprendemos a manejar nuestras emociones, mejora todo: nuestras relaciones, nuestra autoestima, nuestra capacidad de lograr lo que queremos. Porque no es lo mismo sentir que actuar. El que siente, vive. El que actúa sin pensar, muchas veces… destruye.
Y en estos tiempos donde las emociones andan sueltas como perros sin dueño, tener sentido común es casi un acto de rebeldía.
Por Nicolás Cerda,
Psicólogo Clínico


