Comentario de salud mental: «Más allá del ‘pienso, luego existo’: volver a quienes somos»

En la consulta clínica es frecuente encontrar personas profundamente inmersas en su mundo interno. Pensamientos que se repiten, diálogos internos constantes, análisis interminables de lo que sienten, de lo que fueron o de lo que podrían llegar a ser. En ese viaje hacia adentro, necesario, pero no exclusivo, muchas veces ocurre algo paradójico: nos alejamos de quienes realmente somos.

Hace un tiempo, leyendo «El algoritmo de la felicidad», me encontré con un cuestionamiento interesante al famoso planteamiento cartesiano “pienso, luego existo”. El autor propone algo provocador: somos lo que realmente pensamos. Esta idea, aunque sugerente, merece ser mirada con mayor cuidado desde la psicología clínica.

Los pensamientos, en efecto, son inputs: información que llega a nuestra mente de manera automática, muchas veces sin que la hayamos elegido. Pero no somos nuestros pensamientos. Lo verdaderamente humano, y terapéutico, está en lo que decidimos hacer con ellos. Tenemos la capacidad de observarlos, cuestionarlos, resignificarlos y elegir cuáles guían nuestras acciones. En ese sentido, la mente no es un destino fijo, sino un territorio que puede ser entrenado y, en cierto modo, reeducado.

Sin embargo, aquí aparece una dificultad central: ¿cómo decidir hacia dónde dirigirnos si no sabemos con claridad quiénes somos? Cuando nuestra definición personal es difusa o incompleta, se vuelve complejo identificar lo que realmente queremos, y aún más difícil orientar nuestra vida hacia ello. No se puede entrenar una mente sin una brújula interna.

En este proceso de búsqueda interior, a veces caemos en otro riesgo: quedar tan centrados en nuestro yo interno que dejamos de mirar los roles que también nos definen. Somos hijos, padres, amigos, parejas, compañeros. Estos roles no son etiquetas menores; son espacios relacionales donde se expresa nuestra identidad y donde se construye sentido.

Cuando perdemos de vista estos vínculos, comenzamos a vivirlos como cargas: “tengo que”, “me toca”, “no me deja tiempo”. Y, sin embargo, son justamente esos lugares, imperfectos, demandantes, reales, donde tenemos una de las mayores potencias para experimentar bienestar y felicidad. No una felicidad idealizada, sino una que se construye en lo cotidiano, en el encuentro con otros.

Tal vez el desafío no sea pensar menos, sino vivir más conectados: integrar nuestro mundo interno con nuestras relaciones, nuestras decisiones y nuestros roles. Recordar que no existimos solo porque pensamos, sino porque amamos, elegimos, fallamos, cuidamos y nos dejamos cuidar.

Volver a quienes somos no siempre implica mirar más hacia adentro, sino animarnos a mirar alrededor… y reconocernos también ahí.

Quizás hoy el mayor desafío no sea seguir explorando incansablemente nuestra mente, sino recordar que somos más que nuestros pensamientos. Existimos también en el vínculo, en la presencia con otros, en los roles que habitamos y en las decisiones cotidianas que damos sentido a nuestra vida. Cuando logramos integrar nuestro mundo interno con nuestras relaciones y responsabilidades, dejamos de vivir desde la exigencia y comenzamos a vivir desde la coherencia. Ahí, en ese equilibrio entre lo que pensamos, lo que somos y lo que compartimos, se abre un camino más auténtico hacia el bienestar y una felicidad posible, real y profundamente humana.

Nicolás Cerda Diez

Psicólogo Clínico
Máster en Matrimonio y Familia

**Si tienes algún tema que quieres que trate el psicólogo, escríbele al whatsapp +569 7865 5700

Visitado 72 veces

Nunca te pierdas una noticia importante. Suscríbete a nuestro Newsletter