Comentario de salud mental: «No se odia a las personas, se debaten las ideas»

En tiempos donde el ruido reemplaza al diálogo y las redes sociales se transforman en trincheras, conviene recordar una máxima sencilla pero profunda: no se odia a las personas, se debaten las ideas. Parece obvio, pero basta mirar alrededor para darse cuenta de que hemos cruzado peligrosamente esa línea.

El odio tiene un costo, y no solo político o social: tiene un costo humano. Quien odia, se envenena. No al otro, sino a sí mismo. El odio es una sustancia corrosiva que no destruye al adversario, sino al alma de quien lo hospeda. Se filtra en los pensamientos, contamina las emociones y termina por nublar la razón. El odio impide pensar, y sin pensamiento, no hay progreso posible.

Ni siquiera cuando alguien nos hace daño o nos trata injustamente vale la pena odiar. El odio no produce nada, no construye nada, no deja herencias nobles ni causas justas. Solo el amor, la razón y la templanza generan movimiento verdadero. Las sociedades que avanzan son aquellas que logran discutir con pasión, pero sin rencor.

A un mes de las elecciones presidenciales, lo que debería ser un espacio de propuestas y debates se ha transformado muchas veces en un campo de agresión y descalificación. Hay mensajes violentos, frases hirientes, y una lógica de destrucción que no genera nada. Chile no tiene tiempo para esos desgastes emocionales. Después de cada elección, hay que seguir viviendo juntos, seguir construyendo un país común.

Cuando una sociedad se deja llevar por la antropofagia política, el día después es un desierto: nadie confía, nadie dialoga, nadie sana. Y sanar lleva tiempo. Primero hay que cerrar la herida, luego desinfectarla, después cubrirla. El proceso es lento, y mientras tanto, la nación sangra.

Por eso, perder una elección no es una tragedia, no es cuestión de vida o muerte. Lo que sí sería una tragedia es perder la capacidad de escucharnos, de respetarnos, de convivir sin destruirnos. Porque sin eso, ninguna victoria tiene sentido.

Chile necesita hoy más que nunca un sector político fuerte, con valores, ideas y meritocracia, que defienda el bien común sin caer en guerras fratricidas. Defender a Chile no es atacar al otro; es proteger lo que somos y proyectar lo que podemos llegar a ser.

Así que no odiemos. Debatamos. Argumentemos. Discrepemos, pero sin deshumanizar. La política, la vida y el país entero se tratan, al fin y al cabo, de eso: de sumar, no de restar. De construir, no de destruir. De sanar, no de herir.

Por Nicolás Cerda,
Psicólogo Clínico

**Si quieres sugerir un tema de salud mental para esta columna, escríbele al psicólogo al whatsapp +56978655700

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