Comentario de salud mental: “Amistades que sanan y amistades que drenan: cómo elegir vínculos emocionalmente saludables”

El mejor amigo no es el que te escucha solo cuando todo va bien. Es ese que si lo llamas a las tres de la mañana y le dices que “hay que enterrar un muerto” (metafóricamente hablando, claro), no cuelga para llamar a Carabineros… cuelga, y cinco minutos después está en tu puerta pala en mano y hace una sola pregunta: “¿Dónde lo enterramos?”

Hay amistades que son bálsamo: te escuchan sin juicio, te celebran sin envidia y te abrazan aunque estés hecho trizas. No necesitan verte seguido para devolverte la fe en ti mismo. Bastan diez minutos de conversación y te vuelven a alinear el alma.

Y luego están las otras…

Amistades que dejan más agotamiento que alivio. Que exigen tu presencia pero no ofrecen escucha. Que minimizan con sarcasmos, compiten disfrazadas de humor, o están siempre disponibles… mientras tú no tengas un mal día. No drenan por la cantidad de palabras que se dicen, sino por cómo te sientes después: más confundido, más pequeño, más solo.

Desde lo clínico, esto tiene nombre: vínculos emocionalmente disfuncionales. Son relaciones donde no puedes ser tú sin pagar un costo. Donde el afecto viene condicionado y la autoestima sale lastimada. Amistades que operan como escenario para repetir viejos roles: el salvador, el rescatado, el bufón, el invisible. Y detrás del guion, un yo que se borra.

No todo amigo es refugio; algunos son tormenta.
Y aprender a distinguirlos no es egoísmo: es madurez emocional. Es autocuidado.

Porque también mereces vínculos que no te analicen, sino que te acojan. Donde puedas bajar la guardia. Donde el cariño no se mida por cuántas veces dijiste “sí”, sino por la libertad con la que puedes decir “no”.

 Tips para elegir vínculos emocionalmente saludables:

  1. Escucha tu cuerpo después de un encuentro. Si quedas agotado, irritable o confundido, ahí ya tienes un dato más claro que cualquier prueba psicológico.
  2. Reemplaza el “me necesita” por el “me respeta”. No estás para ser terapeuta de tus amigos, ni enfermero emocional de turno.
  3. Hazte esta pregunta clave: ¿puedo ser vulnerable con esta persona sin miedo a ser burlado, corregido o expuesto?
  4. Recuerda que compartir historia no implica continuidad. Si ese vínculo ya no te cuida, puedes cerrarlo con gratitud, no con culpa.
  5. El afecto genuino no compite, no condiciona, no manipula. Si duele más de lo que sostiene, no es amistad: es dependencia.

Las buenas amistades no te salvan, pero te sostienen.
No te aplauden siempre, pero te afirman.
No te necesitan perfecto, pero te celebran entero.

Y esas, créeme, valen más que mil likes… o que un grupo de WhatsApp que solo sirve para no sentirse tan solo en lo superficial.

Por Nicolás Cerda
Psicólogo Clínico

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