Hace unos días, mientras dejaba a mi hijo en el colegio, hablábamos del uso del celular, del “tiempo en pantalla” y de cómo se nos han ido apagando ciertas luces internas. Me di cuenta, con una mezcla de risa y preocupación, de que muchos niños -y no pocos adultos también- han perdido algo fundamental: la capacidad de pensar por sí mismos. No porque no puedan, sino porque no se les da el espacio ni la necesidad.
Les conté una historia de cuando yo tenía más o menos su edad, 10 u 11 años. Me fui solo al centro a comprar unos materiales para un proyecto de ciencias a RadioShack -sí, así de viejo soy- y perdí la billetera. Me quedé sin un peso para volver a casa. Encontré una moneda de 100 pesos tirada en la calle. La micro costaba 150. ¿Qué hacía?
Opción A: Llamar desde un teléfono público a mi casa (si es que alguien contestaba).
Opción B: Caminar los cinco kilómetros hasta mi casa y llegar de noche, con reto incluido.
Opción C: Jugarme la vida y comprar un raspe que costaba 100 pesos con posibilidad de ganarme mil.
Opción D: Pedir ayuda (en todo caso, esta opción se podía usar como ultima ratio).
Elegí la C. Compré el raspe. Me gané mil pesos y me fui en micro. Historia real.
Hoy veo que a nuestros hijos les cuesta mucho encontrar soluciones creativas cuando algo se sale del libreto. Les cuesta imaginar, improvisar, ensayar. El pensamiento crítico y la capacidad de resolver problemas se están diluyendo entre algoritmos, pantallas, y respuestas rápidas de YouTube o ChatGPT.
Estamos criando una generación que sabe mucho, pero piensa poco. Que consume información, pero no siempre la procesa. Que tiene todas las respuestas al alcance de la mano, pero no se hace las preguntas.
Y eso, papás y mamás, no es culpa de ellos. Es responsabilidad nuestra.
Si nunca dejamos que se frustren, si siempre les resolvemos todo, si cada vez que se aburren les pasamos el teléfono, estamos apagando ese músculo precioso que se llama razonamiento. La mente también se entrena. El juicio también madura. Pero si no se usa, se oxida.
Cuando yo era chico, no había Waze para saber por dónde ir. Ni Uber Eats para pedir comida. Ni notificaciones que te dijeran que ya llegó tu mamá. Había que pensar, decidir, equivocarse, probar.
No estoy idealizando el pasado. Pero sí estoy diciendo algo muy simple: hoy tenemos que enseñarles a nuestros hijos a volver a pensar.
Tips para padres que quieren criar hijos pensantes:
1. No des la solución de inmediato. Pregunta primero: ¿Y tú qué harías?
2. Deja que se frustren. La frustración bien gestionada es una escuela de vida.
3. Hazles preguntas abiertas. No busques la respuesta correcta, sino que piensen.
4. Invítalos a resolver cosas cotidianas. ¿Qué harías si te quedas sin batería en un lugar desconocido? ¿Cómo volverías a casa?
5. Cuidado con la sobreprotección digital. El WiFi no puede ser el reemplazo del juicio.
6. Recupera juegos que requieren pensar. Ajedrez, rompecabezas, juegos de mesa clásicos.
7. Comparte tus propias historias de decisiones difíciles. Como la del raspe. A veces lo improbable es la mejor lección.
Pensar no pasa de moda. Solo necesita un poco de silencio, algo de tiempo sin pantallas y adultos que se atrevan a educar más allá del clic fácil.
Hoy más que nunca, volvamos a pensar. Porque si no lo hacen ellos, alguien pensará por ellos. Y eso sí que da miedo.
Por Nicolás Cerda,
Psicólogo Clínico


